LA MALDICIÓN DEL BUSCADOR DE GOOGLE: ¿es posible una filosofía para adolescentes?

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¿Para qué sirven las mates? Tenemos calculadora

¿La Historia? Están todos muertos 

¿Inglés? Existe el traductor 

¿Y pensar? Tenemos el buscador de Google 

La facilidad con que ante cualquier reto que se le presenta hoy a la inteligencia se accede a las soluciones, se podría denominar “La Maldición del Buscador de Google” (la frase es de Damodaran): se teclea la pregunta y se encuentra que miles de personas ya han dado una respuesta: “es un fenómeno muy destructivo, porque si dejas que alguien te dé la solución, puede que sea la correcta, pero tú no has averiguado cómo resolver el problema .El estudiante –precisa– necesita preguntarse por los procesos a través de los cuales se llega a la solución. Eso es algo que exige tiempo, energía y esfuerzo”

Lo más curioso es que en una sociedad en la que la opinión de cada uno es ley, acabamos acatando todos la verdad de Google sin ningún pudor. Google es un gran almacén de pensamientos emocionales: somos lo que sentimos o mejor dicho lo que nos hacen sentir otros. 

Hay una escena de una película que todos los años pongo a mis alumnos. Margaret Thatcher aquejada de un deterioro mental  acude a la consulta y el médico le hace la pregunta pertinente: Margaret, ¿Cómo se siente? Y ella responde (las palabras originales son de Gandhi)  ¿Qué es lo que seguramente estoy sintiendo»? Ya nadie piensa. Ahora sienten. «¿Cómo te sientes?», «No me siento a gusto». «Lo siento mucho, pero en el grupo sentimos que lo mejor es…». ¿Sabe? Uno de los problemas más graves de nuestra época es que nos gobiernan personas a las que les preocupan más los sentimientos que los pensamientos y las ideas. Pregúnteme qué estoy pensando. «Cuida tus palabras, pues se convierten en acciones. Cuida tus acciones pues se convertirán en hábitos. Cuida tus hábitos pues se convertirán en tu carácter, Y Cuida tu carácter pues se convierte en tu destino. Nos convertimos en lo que pensamos.

Si uno es capaz de vencer la “maldición de buscador de Google” y enfrentarse a una página en blanco acaba de dar un paso de gigante.  El primer paso no te lleva a donde quieres ir. Pero te saca de donde estás.

¿De dónde surge ese miedo al pensamiento fuerte o a las grandes verdades? Las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial o hechos más recientes como el 11- S, removieron algunas conciencias empujándolas hacia el escepticismo, al encontrar en los grandes ideales y en las firmes convicciones los principales motores del enfrentamiento, el totalitarismo y la muerte. Creer en la verdad o en la posibilidad de su conocimiento, y como consecuencia, en la posibilidad de obtener un criterio para distinguir entre el bien y el mal, se convirtió en un ejercicio de alto riesgo, pues para muchos ello conduciría irremediablemente a aceptar la máxima de que el fin justifica los medios. De esta forma, la verdad fue percibida como una peligrosa arma que debía abandonarse no solo por la convivencia, sino también, a la luz de lo vivido, por la supervivencia de todos. Ello aconsejaba, a disciplinas diversas, desde el arte, la política, la filosofía, y por supuesto, la educación, planteamientos moderados, relativistas, provisionales, que únicamente llevaran a planteamientos parciales, temporales, circunstanciales, con tan poca fuerza que nadie pudiera comprometerse con ellos y realizar acciones que supusieran demasiado esfuerzo y valieran la pena.

Heinrich Heine visitaba con un amigo la catedral de Amiens. 

Amigo: ¿Por qué ya no construimos cosas como ésta?

Heine: Los hombres en aquellos días tenían convicciones; nosotros tenemos opiniones, y se requiere algo más que una opinión para construir una catedral gótica.

Catedral de Amiens

Nuestra pereza y el consumo audiovisual nos ha acostumbrado a la falta de reflexión, al impulso fácil, a reducir lo que soy a mi opinión y mi opinión a mi estado de ánimo: “somos lo que sentimos”. Ya no nos enseñan a ser buenos. Nos enseñan a “sentirnos bien”. En definitiva, a reaccionar ante los estímulos en lugar de responder a ellos. Responder implica dar sentido a la decisión que se toma. No se trata que nuestros alumnos piensen lo que nosotros queremos, sino algo mucho más apasionante y arriesgado: que piensen por ellos mismos.

No podemos renunciar al legado de la filosofía griega , ni  a los intentos modernos de divinizar la razón porque aun así nos hicieron descubrir los límites de la razón, y porque no, también seguir la estela de la filosofía medieval que se propuso la meta más alta de todas: pensar a Dios. Renunciar a la capacidad de pensar es renunciar a lo que nos hace humanos. Y esa renuncia social y global al pensamiento no es inocente: no hay mejor manera de controlar el pensamiento que negando su existencia. 

Por mucho que se reivindique el diálogo, la democracia, la tolerancia, es imposible cuando se sustituye la razón por la emoción porque se llega a estar convencido de que un deseo subjetivo debe ser reconocido y aceptado por el resto como algo real. Mi deseo es ley y para corromper a un individuo basta con enseñarle a llamar «derechos» a sus anhelos personales 

Hemos “construido un sistema educativo que produce gente competente y de gran inteligencia de 22 años que no tiene ni idea de qué hacer con sus vidas; personas sin sentido alguno del propósito y, lo que es peor, que no entienden de qué modo podrían encontrar uno” (Lucas Buch).

El gran buscador de Google es incapaz de buscar lo único que le importa al ser humano: la felicidad; y mientras tanto nos entretenemos con sucedáneos sentimentales. La filosofía, la auténtica filosofía sirve para esto: para hacer que cada uno piense por sí mismo con la ayuda de los que ya lo hicieron en el pasado. Agustín de Hipona hizo este recoriido universal y apuntó que donde hay que buscar la verdad, la felicidad y el sentido es dentro de uno mismo (no en un ordenador).

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